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• Estudio-TOMO I

SANTOALLA DO MONTE (PETÍN, OURENSE)

ESTUDIO PILOTO DE REHABILITACIÓN DE UN PUEBLO ABANDONADO, COMO MODELO DE RECUPERACIÓN DEL PATRIMONIO RURAL.

¿Qué significado y qué valor tienen las arquitecturas de los pueblos abandonados o en trance de abandono? ¿Qué debemos hacer con ellas?

El abandono de esos lugares deviene del abandono social del territorio como consecuencia de su pérdida como valor productivo, como base de la producción de la riqueza social.

Las sociedades tradicionales que crearon y mantuvieron nuestros pueblos eran sociedades orgánicas, que basaban su mantenimiento y reproducción en la gestión del territorio. Un territorio que es la red que captura la energía solar, el agua –que es otra forma de energía solar- y que aporta un substrato y una morfología sobre las que la biosfera se soporta y transforma la radiación solar, el agua y los nutrientes en energía química almacenable y en tejidos organizados; en recursos.

Cada uno de nuestros pueblos es la cristalización de una cultura, de una estrategia global de transformación –cambio de forma- del territorio para dirigir las producciones biosféricas hacia la generación de los recursos que permitían reproducir y mantener esa cultura mediante el uso de los recursos locales.

Transformación realizada y mantenida mediante trabajo humano, mediante complejos conjuntos de técnicas que supusieron alteraciones permanentes de la forma del territorio –bancales, canales, caminos, presas, puentes; construcciones al fin- y alteraciones puntuales de los procesos naturales que en ellos tienen lugar –plantación, siembra, escarda, recolección, labradío, riego- que transforman esos procesos hacia la producción de materiales socialmente aprovechables.

La arquitectura de nuestros pueblos, su caserío, es la parte más visible de una construcción global del territorio, de la que es inseparable. Es inseparable por su disposición, por su emplazamiento, por su relación con otras construcciones sobre el territorio; por el origen y gestión de sus materiales y su íntima relación con la gestión del medio.

Es inseparable del conjunto de la estrategia cultural de gestión de los recursos locales y, por tanto, no puede ser considerada de forma independiente: su significado, su valor, estará ligado al conjunto de la estrategia cultural. Una estrategia cultural que vive en parte en sus expresiones culturales construidas –su patrimonio arquitectónico y etnográfico- pero también en el acerbo de conocimientos y relaciones que no generan un soporte material o que, expresándose sobre él, no dejan huella física permanente.

Por otra parte, el patrimonio material requiere la renovación continua. Más aún cuando su función es la estabilización de las dinámicas del territorio hacia conformaciones concretas y, por tanto, operan oponiéndose a la expresión natural de esas dinámicas. Abandonado el mantenimiento de los elementos construidos de control territorial y de las demás actividades de gestión, su progresiva destrucción genera nuevas dinámicas que transforman el territorio hacia nuevas y –en principio- insospechadas configuraciones.

Nuestros pueblos abandonados son, así, como las páginas impares de un libro que se está deshojando. Un contenido esencial pero insuficiente, quizá ya incomprensible. Un patrimonio real pero incompleto, y en fase de deterioro no sólo material. Esa es la visión que debemos tener de ellos. Ese es su significado.

El abandono y progresiva desaparición sistemática de los pueblos no es sino el reflejo del cambio de un modelo productivo orgánico a un modelo productivo industrial basado en los recursos minerales.

Con la sociedad industrial, con el uso de la energía procedente de los combustibles fósiles, de los recursos minerales, el territorio pierde su papel productivo para transformarse en un mero soporte de actividades, de expresión del valor de la accesibilidad generada por las nuevas infraestructuras de movilidad.

Incluso la producción de alimentos –irrenunciable relación de las sociedades humanas con el mundo biosférico- se sintetiza sobre inputs ahora de procedencia mineral, y donde el suelo ya tan sólo representa un soporte mineral y la necesaria captación de la energía solar. Y ahora, con la nueva productividad proporcionada por las fuentes energéticas de la sociedad industrial, una limitada cantidad de territorio trabajada por medios mecánicos por una reducidísima cantidad de población y alimentado con recursos de origen mineral, es capaz de alimentar a una población diez veces mayor que en las sociedades tradicionales, y de hacerlo con una dieta diez veces más sofisticada.

En ese modelo industrial carece de ventajas tanto la antigua distribución de la población sobre el territorio, como las culturas tradicionales que la sustentaban. Y, con ello, la población abandona los pueblos para reorganizarse, primero en las aglomeraciones urbanas y ahora en el ‘urban sprawl’ que la enorme movilidad de las infraestructuras permite.

El nuevo modelo industrial no sólo ha aumentado la población sino que ha mejorado su nivel de vida hasta niveles inimaginables para las sociedades tradicionales. Un progreso que nos debe permitir leer las transformaciones que ha generado la sociedad industrial como benéficas, entendiendo los cambios como el necesario ajuste a una nueva cultura –ahora universal- que no hace sino proporcionar bienestar y alimentar la promesa de una Humanidad libre de penurias.

El abandono de nuestros pueblos no tendría así más importancia que la desaparición de modos de vida ancestral -ya inútiles- y la tarea a realizar no sería más que conservar el recuerdo de su existencia y el reconocimiento de algunas permanencias patrimoniales que permitiesen entender nuestro pasado. Una tarea casi arqueológica si no fuera porque aún viven generaciones nacidas en ese mundo pasado, en esos pueblos en su versión completa, funcional. Unas generaciones cuyo sentimiento de pertenencia a ese mundo donde nacieron y crecieron está aún vivo, haciendo aún vivos esos lugares.

Pero el problema que debe despertar nuestra atención hacia nuestros pueblos es que nuestro modelo industrial, el modelo que hizo inútil el sistema productivo que creó y mantuvo esos pueblos, no tiene futuro.

El sistema técnico industrial de base mineral opera en un metabolismo abierto. Su promesa de progreso está ligada al aumento continuado de la producción, a la extracción de más y más recursos materiales para crear sobre ellos las utilidades que permiten satisfacer nuestras crecientes y nuevas necesidades. Pero ese bombeo de materiales desde la litosfera genera un flujo simétrico de residuos hacia el medio. Un flujo contaminante y destructor que no hace más que aumentar a medida que aumenta la producción.

Consciente ahora del deterioro ambiental que ocasiona el sistema productivo, la sociedad ha reaccionado mediante la exigencia de reducir sistemática y progresivamente la capacidad generadora de residuos del sistema de producción y consumo. Eso es, la demanda de sostenibilidad, de futuro. Una restricción socialmente establecida, política, que debe imponerse al sistema productivo que, por otra parte, nos ha proporcionado nuestro modo de vida y sostiene nuestros valores. Una restricción que debe hacer variar –o eso se espera- nuestro sistema técnico hacia un modelo que trabaje en ciclos materiales cerrados, devolviendo a los residuos de producción y consumo su calidad de recursos, evitando la sistemática dispersión de materiales por el medio.

Pero eso era lo propio de los sistemas técnicos orgánicos, de las sociedades tradicionales que levantaron y mantuvieron nuestros pueblos. Su base biosférica obligaba al retorno de los nutrientes para mantener la capacidad productiva del suelo, para asegurar la productividad futura del sistema. Una gran cantidad de trabajo social estaba destinada a asegurar ese retorno a través de complejos sistemas integrados –agro-silvo-pastoriles- de una escala a menudo olvidada.

La Biosfera puede ser así leída como la gran máquina que recoge los deshechos –materiales desorganizados- de las sociedades orgánicas para reorganizarlos de nuevo en recursos –materiales organizados- mediante el uso de la energía solar y del agua, y del resto de ciclos geobioquímicos. Y, aún hoy, cualquier proceso de reorganización de materiales, de reciclado, que pueda ser realizado por la Biosfera, la máquina biosférica lo hace con un rendimiento mayor que cualquier proceso industrial alternativo: la Biosfera es la gran máquina de la sostenibilidad.

Y eso da a nuestros pueblos, entendidos de forma amplia como estrategia cultural, un nuevo valor. El valor de referencia, de modelo, de lecciones a aprender. El pasado no va a volver, pero nuestros pueblos son una base para reinterpretar el futuro en sus nuevas claves. No usarlos es como perder un capital invertido que, ahora, puede recobrar su productividad. Ese es su valor.

Recuperar su valor implica recobrar su contenido completo, la idea de estrategia global. El caserío de los pueblos es una parte inseparable de una construcción del territorio que precisa, también, las ‘reglas de uso’, los conocimientos precisos para hacerlos funcionar. Sus gentes. Y recobrarlos manteniendo unos valores –de igualdad, de mínimos vitales- que son ya irrenunciables. Pero, ¿es ello posible en unos pueblos resultado de culturas atrasadas e inmovilistas?

Las sociedades tradicionales no son inmovilistas, reaccionan frente al cambio. En realidad, acechan la novedad para integrarla si aporta ventajas al sistema sin desequilibrarlo. O desequilibrándolo, si creen que la apuesta vale la pena. Pero también son sociedades afinadas, pulidas con su medio natural, muy eficientes, por lo que es difícil un nuevo cambio que surja de ese medio tan controlado, tan sabido, y que no haya sido probado, tanteado. Y, cuando surge, todo se rehace.

Las estrategias tradicionales de gestión del territorio son previas a cada situación concreta, a cada expresión particular. Una cultura ‘reconoce’ la configuración del territorio donde puede expresarse, y cuando se instala en él se expresa modelando su forma para hacerlo socialmente productivo. Y cada nueva versión de esa cultura es igual, pero distinta. Y evoluciona. No hay dos pueblos iguales, aun no siendo, muchas veces, tan distintos.

Nuestros pueblos ahora, en su actual versión, son los restos de un naufragio cultural. Su atraso se ha configurado sobre la comparación frente a una sociedad industrial que ha traído el progreso –la idea que permite comparar sociedades y calificarlas de atrasadas o desarrolladas- como un eje que marca pasados y futuros y sobre el que las culturas pueden ser referidas. Un eje que se revela ahora falso, inútil, cuyas referencias sólo indican la proximidad a un futuro insostenible que debemos evitar.

Lo que debemos hacer, pues, es recobrar la apuesta. Volver a ver cada pueblo como una estrategia que debe ahora ser renovada, y promoverla. Y para ello se precisa la gente y un modo sostenible de generar las suficientes rentas del territorio para generar un nivel de vida suficiente y en un modelo social justo y democrático. Se precisa hacer viable de nuevo el derecho a vivir del territorio.

Hacerlo viable en el marco aún de un modelo económico generado por un sistema técnico que basa su eficacia –su competitividad- en la externalización de costes que supone la contaminación que produce. Generarlo y mantenerlo vivo –y que sea agente del cambio- en ese marco implica tanto una apuesta por su viabilidad futura en el nuevo marco de una economía sostenible como la capacidad de generar un proyecto que soporte su existencia hasta el asentamiento de ese nuevo marco.

¿Qué gentes, qué rentas, qué modelos pueden aplicarse? Esas son la preguntas que debemos hacernos y a las que establecer las condiciones para encontrar respuesta.

El trabajo en Santoalla del Monte no sólo nos enseñó que el caserío forma parte de una estrategia cultural de gestión de los recursos más amplia, que construye el territorio, sino que exploró una vía para responder a esas cuestiones, una vía que tiene antecedentes o similares en otros lugares.

El abandono de los pueblos tiene un nombre: emigración. A la postre, es gente que se va del lugar donde han nacido, en la mayoría de los casos donde su familia estaba establecida y donde sus recursos –materiales, culturales, sociales- están anclados. Ese desarraigo -ese drama cuando se produce de forma forzada- es, no obstante, un proceso; no siempre es un corte brusco, o no siempre es percibido como tal.

La búsqueda de rentas en trabajos ajenos al pueblo, a la propia cultura, fue –y aún es- algo habitual en muchos lugares, sin que se considerase propiamente emigración por cuanto la pertinencia a la comunidad original, el regreso –su realidad o su perenne intención- eran hechos dados por ciertos. Tremendamente arraigado en regiones de montaña o depauperadas respecto a un entorno asequible por los medios de comunicación disponibles. De hecho, al crecer éstos, la frecuencia del desplazamiento es mayor y, en ocasiones, la emigración es tan real como insensible.

La emigración puede ser leída como una conciencia de abandono del lugar tanto como su realidad económica. La percepción de pertenencia, de vivencia real del lugar, de definir eso como tu hogar, puede sobrevivir en gran medida a la realidad física de una experiencia vital alejada ya de él. La emigración, así, puede ser considerada un abandono físico, pero debe estar acompañada de un abandono real, sensible.

Este factor puede hacer que el abandono no sea en realidad tal. Que la capacidad de regresar –en el sentido de volver a habitar, de aumentar la permanencia- por parte de sus habitantes pueda ser activada mediante la obtención de nuevas rentas del lugar. Incluso de invertir las rentas obtenidas en otros lugares.

Que las actividades del municipio sirvan para mejorar las rentas de los habitantes –en sentido amplio: ciudadanos, aunque no habiten el lugar- es el proyecto del síndaco (alcalde) de Vallarsa en Trentino (Italia). Ese es el objetivo que le ha hecho identificar a su comunidad –extendida por toda Italia, por Europa y también en Estados Unidos- y hacerlos participar en nuevos modelos de gestión territorial ligados a la agricultura ecológica de producción de alto valor añadido, las energías renovables, etc. Los está haciendo ‘volver’ a medida que la comunidad vuelve a obtener rentas del pueblo, y lo hacen uniendo esfuerzos y recursos.

El regreso se transforma de este modo en una estrategia que permite recomponer el libro o, al menos, recuperar sus páginas, la continuidad de su discurso. Esa idea animó el trabajo del Aula en Santoalla, imaginando la recuperación del pueblo con el retorno de sus gentes pero, sobre todo, ideando cómo promover ese retorno. No tanto un diseño del reasentamiento como del proceso preciso para hacerlo. Y ahí la rehabilitación de las construcciones forma parte del problema, pero no es el problema. Y la rehabilitación de las construcciones forma parte de la solución, pero no es la solución.

En este enfoque, la rehabilitación de las construcciones –también de las que construyen el territorio- debe estar necesariamente integrada en una estrategia global de regeneración de rentas ligada a la explotación sostenible del territorio, capaz de competir hoy y de formular modelos para mañana.

Otra forma de responder a esas cuestiones viene de recoger experiencias de repoblación. Nuevos habitantes con nuevos intereses sobre una estructura antigua. El aprovechamiento del capital existente y la relación de la generación de rentas con la sostenibilidad, es el quid de estas experiencias, relacionado también con su capacidad de evolución.

Neo-rurales (¡los hay también en Santoalla!), que re-ocupan los pueblos usando las estructuras existentes como Robinson Crusoe usó los restos del naufragio para instalarse en su isla. Como primera base que se irá transformando para adaptarse y transformarse para su adecuación a su estrategia de implantación.

Su base productiva puede ser agraria –como en Santoalla- y en ese caso cabe valorar hasta que punto sus modos de producción actúan usando o interpretando las estrategias tradicionales del pueblo. Hasta qué punto aprovechan su capital. Imaginar estos neo-rurales asentados sobre modos productivos sostenibles no es difícil puesto que son huidos de la sociedad industrial, pero si su valor está en su audacia para intentar un modo de vida de nuevo sujeto al territorio, el objetivo debe ser maximizar la capacidad de activar el patrimonio existente. El seguimiento de esas experiencias debe ser un objetivo en la recuperación de los pueblos.

Un seguimiento que tiene que ver no sólo con las construcciones sino –como también en el caso de las poblaciones retornadas- con la evolución de la producción y la comercialización de los productos. Con su valoración como alternativa de futuro, más allá de la solución personal de unos inconformistas.

Si su base productiva no es agraria, las opciones de los neo-rurales son reducidas: o la explotación de un recurso singular –como los antiguos poblados mineros- o el turismo. El turismo es visto como un mecanismo de reparto de rentas, que permite fijar las antiguas o nuevas poblaciones y mantener su patrimonio, por cuanto forma parte esencial del atractivo para el turista.

La pregunta es hasta cuando el turismo es un complemento de la renta agraria, y a partir de cuando el trabajo agrícola se reduce al mantenimiento de un paisaje y de unas actividades ya convertidas en teatro para solaz de los urbanitas. Es un fiel difícil de definir. Y transforma lo rural en un parque temático de lo urbano, haciéndolo prisionero del modelo productivo al que debía ofrecerse como alternativa.

Cuando la renta del turismo se invierte en la producción agraria –como podríamos suponer que sucede en el caso del hotel de las marismas de Doñana- supone un trasvase de rentas hacia el territorio. Un modelo de transición, de capitalización del territorio, que puede ayudar a valorizar sus producciones.

Si la base productiva del neo-rural no se basa en el territorio, si la comunidad vive –como vimos en un par de casos en la serranía de Huelva- obteniendo sus rentas en la ciudad, sólo la implicación de los individuos en la comunidad –propia o pre-existente- puede suponer un acicate para los cambios, una posibilidad de transferencia no sólo de rentas sino de modelos de vida, de pruebas ‘seguras’ que puedan llegar a proponer modelos de transición. Si el uso de las construcciones es meramente recreativo, de fin de semana, vacacional, sin implicación con el territorio más allá de una relación comercial para obtener los suministros y servicios precisos para conservar la residencia, ya sabemos que sólo tiene valor si añade unas rentas marginales que permitan la supervivencia de las actividades agrarias de la población existente, con el riesgo cierto –de nuevo- de reducirlas a cuidadores de un parque temático.

Como conclusiones (ahora y siempre, provisionales), la rehabilitación de nuestros pueblos debe ser una tarea integrada, puesto que engloba al conjunto de la construcción del territorio, a las estrategias de su gestión, y a sus pobladores. Necesaria para proponer nuevos modelos que soporten un necesario cambio de sistema productivo –el nuestro es insostenible- en el que renacerá el valor del territorio. Sostenida por modelos de retorno que hoy en día se proponen, y en el que cada uno debe ser analizado por un DAFO respecto a su capacidad de promover esos modelos. Y, en función de ello, monitorizado y soportado por las acciones precisas para dirigirlo hacia los fines necesarios.

Actuar sobre las construcciones, sobre la habitabilidad –entendida como un ‘habitar la tierra’ heiddeggeriano (ver anexo: siempre hay alguien que lo dijo primero y lo dijo bien)- requiere su conexión con objetivos precisos hacia la generación de modelos productivos sostenibles y de su capacidad de transformación social.